27 de marzo de 2018

Abrevando


José Antonio Lavín Reyna
“Los privilegios acabarán, pero el pueblo es eterno”.

La corrupción en el centro de las campañas.
En América Latina a comienzos de la segunda década del siglo XXI comenzó un fuerte movimiento anticorrupción, que ha derribado y puesto tras las rejas a varios presidentes de países de esa región, derivado de las denuncias por la injerencia en las campañas políticas de la empresa brasileña Odebrecht, que triangulaba dinero para apoyar a diversos candidatos, y  a cambio recibía obras cuyos costos excedían a los reales, en México también apareció sobornando y apoyando, ni siquiera investigación amerito. Caso parecido es la  empresa OHL, favorita del peñismo a la cual le fueron concesionadas todas las autopistas construidas en el Estado de México, las cuales explotara durante 50 años, obteniendo ganancias ilimitadas, ya que el precio por cruzar sus casetas los fija a su libre albedrío.
 Antes de ello, el combate a la corrupción -así se pudo visualizar a través de muchos años-, no era rentable para  los políticos que pretendían enarbolarla como su bandera principal. En esta contienda presidencial empieza a serlo y podemos constatarlo en el discurso de los candidatos que buscan la Presidencia de la República. Obviamente a unos se les puede tener confianza para la tarea -ya sabes quién-; a otros definitivamente no, porque vienen del antiguo régimen, ahí se foguearon, se forjaron y contrajeron los compromisos que los anudan a la detestable práctica, pesada herencia del mundo colonial, el Porfiriato y los ochenta años de partido de Estado que ha padecido el país.
Hay una razón sencilla: la corrupción es una carretera por la que transitan los grandes intereses económicos, tiene muchas vías y rutas alimentadoras. Está en las esferas del estado y el gobierno, pero también en la empresa, la universidad, la banca, la bolsa y las finanzas; de ahí que para que un político sea exitoso le es indispensable, como el agua a los peces, estar dispuesto a todo. Por eso, algunos “científicos sociales” de renombre han visto en la corrupción hasta un mecanismo civilizatorio. Piensen, al respecto, cómo fue que llegaron las grandes compañías petroleras a las costas de Veracruz y Tamaulipas; o cómo llegan ahora, al igual que en la era de Díaz, las grandes compañías mineras y los buscadores de gas shale a través del fracking.
López Obrador es el líder con el discurso creíble -electoral y propagandísticamente- contra la corrupción. Meade es más de lo mismo; aun pensando en la trayectoria personal que él presume y defiende, está envuelto en las poderosas redes de los negocios negros del Estado, no genera confianza, no tiene credibilidad. Ricardo Anaya, a su vez, a partir del escándalo de la nave industrial, reporta una caída que está sujeta a medición; el tema es sobradamente sensible y sus compromisos con las oligarquías le restarán fundadamente al contenido de su propuesta.
Empero, la postura de López Obrador no tiene la hondura que una concepción política de la corrupción exige. No es cierto que todo pueda cambiar a partir de que él se ciña la banda presidencial en el pecho. Entiendo que ese posible suceso disuada, como la producción de bombas atómicas en su tiempo, el camino para hacer una guerra termonuclear.
El estudio comparado de este tema en el mundo no contiene ningún modelo que respalde que la sola presencia de un líder honesto en la cima del poder remedie las cosas. Sobradamente se han dicho un par de cosas: se necesita de una gran participación ciudadana que impulse la creación de instituciones públicas que le dé cauce a intereses públicos, y el diseño precisamente de estas instituciones para dar paso a la rendición de cuentas.
Esto no significa que en el corazón de la contienda no ocupe un lugar esencial este tema tan delicado, tan sensible para la sociedad. Pero entendamos que sin una propuesta integral de institucionalidad no habrá futuro en esta materia; se entiende que un acto de corrupción implica traición a los deberes posicionales que el representante tiene pero, aquí empieza el déficit: debe haber un sistema normativo que hoy no existe; comprender -es lo que sucede ahora- que no todo acto de corrupción entraña una acción antijurídica y que ciertamente la corrupción crece para obtener grandes beneficios en la secrecía y el sigilo.
Algo Más…
“Un gobierno responsable es el que escucha y el que atiende el reclamo popular. Vamos a ganar porque nos hemos estado preparando para ello…”
Estas ideas, así tal cual. Así de contundentes y atemporales. Fueron las últimas que hace 24 años pronunciara en vida y en campaña, en la barriada popular en medio de todo y nada, Luis Donaldo Colosio Murrieta.
A la fecha nuestros actuales gobernantes no han dejado de lado la soberbia y la inclinación hacia la corrupción con la que más temprano que tarde pervierten su proceder demostrando penosamente lo hambrientos que llegaron para servirse antes de pensar en servir.
En los momentos actuales, apremia y amerita que quienes con el mandato de nuestro voto ejercen los gobiernos asuman el compromiso por dejar de ver el árbol de sus intereses personales y de grupo, para más bien observar el bosque de las oportunidades en las que puedan propiciar que se trabaje privilegiando el consenso que procure los acuerdos en donde más y no menos quepan.
Entonces y ahora, políticamente hablando, quienes pretendan ejercen el poder tienen que tener muy claro,  que el país, el estado, el municipio, que pretenden gobernar deben tener  la intención de hacer una gestión responsable. También implica que nuestros gobiernos tengan la capacidad de convocar a la iniciativa privada para establecer una relación constructiva por medio de la cual se pueda detonar la actividad económica que propicie la derrama de tal forma en que la distribución de la riqueza sea más justa y equitativa.
CCCLXXXIII.- Resulta que lo que le interesa a nuestros representantes populares es la  rentabilidad electoral. Lo anterior lo señalo después de leer una columna que aparece en El Diario de la Tarde. La verdad estaba a punto de correr a rezarle a San David, un político que realizó milagros con dinero públicos, cientos de obras que mitigaron hambre, que le dieron otra razón de ser a los ciudadanos. También repartió juguetes, pollos, cuadernos. Vaya este santo varón. Ya tiene en la mesa las alternativas de solución para sentar precedente, aunque para verlas florecer lo hagamos cuando su gobierno ya se hubiese ido.
Sigue latente la violencia y ante la indolencia de la autoridad, su hermana, la impunidad. Pero los igualtecos callados nos vemos más bonitos.
Sabías que: El excesivo uso del celular puede ocasionar problemas de visión, artritis, déficit de atención y trastornos de sueño.
Hasta la vista.