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21 de junio de 2017

TODO TIEMPO

Por: Efraín López Morales

Hay ocasiones en las que en un comentario periodístico lo importante es el personaje. En otras lo realmente relevante son los hechos o argumentos y el personaje insignificante, por lo que ni siquiera se le menciona, como en el presente caso. Decir "a mí me cae mal todo aquel periodista, o que dice serlo, que se me pone enfrente en la crítica, y más aún que NO ha salido de ser perico en la jaula con sabor a chayote" revela un alto grado de intolerancia propio de quien carece de los elementos para defender con argumentos una postura o una opinión. O sea, si el que contradice una crítica periodística no acredita suficientemente ser periodista y además es "chayotero", su opinión no vale. Pues claro que es una pretensión de descalificarlo y huir deshonrosamente por no poder hacer frente a sus argumentos, que es lo central en la crítica surgida luego de la solicitud pública que hizo el secretario general de la Delegación XXX del Sindicato Nacional de Redactores de la Prensa, de que el gobierno municipal financie algún curso de periodismo para los comunicadores igualtecos. La intolerancia le nubla la vista y neutraliza el entendimiento al autor de tal descalificación. Proponer que el gobierno igualteco financie cursos para periodistas no significa que personal de la Administración Pública Municipal vaya a impartir los conocimientos, sino que con dinero público se pagaría al instructor o especialista que fuera contratado a propuesta de la mencionada delegación sindical. Por eso está fuera de contexto decir "Este tipo con gran cinismo propone que los gobiernos nos capaciten. Es como decir que el gobierno capacite a los sicarios sobre cómo usar sus armas". No hay similitud entre periodistas igualtecos y sicarios. A falta de argumentos o evidencias acude a la fantasía, inventa escenarios, distorsiona hechos, como el caso del editor al que llama "infame personaje", pero de cuyo nombre no se atreve a mencionar. Aplica su dicho "por falta de pantalones"? Sí, sí aplica y con creces. El intolerante se empantana solo, y mientras más se mueve más se hunde, o para decirlo en su florido léxico, más se ensarta. Y ciertamente, nada qué envidiarle.
Saludos a todos.